Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Benoit Courti.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Tenemos la COPA ENTC 2018 en marcha... y nuestra propuesta en blanco y negro.
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Esta convocatoria finalizará el próximo
10 de julio

Relatos

40. Descalza (Sara Nieto)

Moría por unas  Converse rojas. Se gastó todos los ahorros por pagar el precio. Prohibitivo para sus quince años. Imprescindible para entrar en el grupo de las elegidas. Y la magia se obró. Saltó a las pistas y ganó todas las carreras. Con una litrona en una mano y su inocencia en la otra apuraba los días aciagos de la adolescencia. Entre el humo de un porro apareció su primer amor. Y en una calada desapareció. Luego se perdió en el alma y en los cuerpos de muchos otros. En aquella época las risas eran incontenibles. Los llantos también.  Los besos eran rosa chicle.  La tristeza,  de un azul intenso.  Y el vacío era transparente y opaco al mismo tiempo. Se cortó el pelo, se pintó la piel. Se borró el nombre por no borrarse ella misma. Una madrugada en vez de volver a casa viajó en autoestop hasta el mar. Se sentó en el espigón  y miró sus pies desnudos, hermosos, brillantes como dos peces recién sacados del fondo. Al volver olvidó sus viejas zapatillas. La suela estaba gastada y con agujeros. Y ella  ya hacía meses que tocaba el suelo.

39. Recuerdos (Pepe Sanchis)

Desde la pequeña habitación en el psiquiátrico donde su marido la había encerrado, Marta añoraba aquellos días de su infancia. Cuando su madre los bañaba a su hermano y a ella en la palangana azul. El agua había estado calentándose al sol en el patio de la casa de la abuela, y ellos, desnudos, se divertían tirándosela por encima de sus cabezas entre risas y gritos. Fueron los tiempos más felices de su vida.

Ahora llevaba años sin hablar con nadie. Por eso, el joven médico que organizó la excursión a la playa no tenía la menor idea de lo que bullía en su interior. El recuerdo del agua lo inundó todo y en ella encontró al fin la paz que estaba buscando.

38. MOMENTUM

El día que conocí a Estela llevaba una falda roja. Cuando se movía era una amapola jugando con el viento. Pero lo que de verdad me llamó la atención de ella era que flotaba unos veinticinco centímetros sobre el suelo. Sus pies nunca tocaban la tierra. Eso siempre me ha resultado asombroso.

-¿Quiere que incorpore eso a la declaración?

-Mire, por eso en el pueblo muchos murmuraban a su paso. «Bruja» la llamaban en un susurro. Pero a ella no le importaba. Cuando empezamos a salir juntos me comentó que siempre había sido así.

-Si le parece, vamos a centrarnos un poco ¿Qué ocurrió el sábado? –El cabo de la Guardia Civil apuntó en lápiz: “Ausente, alucinado”…

-Le gustaba escalar ¡Claro, era tan fácil para ella! Yo siempre la seguía. Estábamos descansando en la cumbre de aquella aguja. Sentados, con los pies colgando sobre el vacío, poníamos orden en las cuerdas. Estela me confesó que tenía que irse, que este nunca había sido su mundo. Me sonrió radiante y con una dulzura que me rompió el corazón besó mis labios. Entonces se desató del arnés, dio un paso y salió flotando hacia el horizonte.

El agente continuó escribiendo: “trastornado”.

37. DESILUSIÓN

Recordaba su último verano pasado junto al Atlántico. Lo había compartido con Alejandro, su gran amor.
Cuatro décadas después, la memoria temblorosa y frágil, traía a su mente aquella pulsera de cuentas multicolores, que él le había regalado la tarde anterior, tras adquirirla en un puesto de la Feria del Rosario.
Ilusionada, rememoraba como la había llevado a su cita en la playa del Orzán. Quería que contemplara como relucía sobre su piel morena, cubierta de arena.
Mientras lo esperaba, María decidió acercarse a las rocas para mojarse los pies en una pequeña poza. Deseaba contemplar como los rayos del sol iluminaban los abalorios, tejiendo sobre su dermis un abanico de colores.
Distinguió, desde aquel peñasco, como se acercaba a la playa su armoniosa figura. Pero no venía solo.
Le acompañaba una chica morena, de profundos ojos verdes, que sonriente, mostraba orgullosa, en su tobillo derecho una pulsera similar.

36. EL GUARDIÁN DE MELLIZOS (Amparo Martínez)

Junto a la piscina, Carlota juega con su pulsera y sonríe al mundo. Inclina la cabeza hacia un lado y la deja ahí (colgada). Con la mano zurda (la más obediente) rueda la pulsera hacia arriba, escalando su brazo. Las cuentas de colores atraviesan moratones ceñudos y cicatrices rosas; avanzan a trompicones (como su silla de ruedas); cuando llegan al codo se atascan. Carlitos es un niño rollizo y sano; corre, salta y nada. Carlota (con sus manos inquietas) dibuja olas en el aire y se saca la pulsera a bandazos. Luego, se inclina hacia adelante, consiguiendo calzársela en un pie. Me sorprende su nueva destreza (demasiado tarde). Contenta con su hazaña, ríe a carcajadas, como si su hado guardián le hiciera cosquillas con las alas (sé que eso no es cierto). Entre risas hace girar la pulsera. “Tiioovivoo”, farfulla con su voz babosa (el sábado, su papá la subió a un caballito del tiovivo). La pulsera da vueltas alrededor de su tobillo deforme. Carlitos se zambulle en el agua y se aleja de su hermana. Carlota se inclina de nuevo… Su mamá abrirá mucho los ojos y se echará las manos a la cabeza. Yo cuidaré de mi elegido.

35. “Congelarse o sentir”

Si hay algo seguro que voy a añorar son las cosquillas que me hacías en los pies. Echaré de menos tus dedos moviéndose cómo angulas entre los míos. Siempre fueron nuestras extremidades una continuación, un nexo o una vía de entrada hacia el otro. Al menos eso creía antes de verte arañar las escamas de aquella sirena varada en la playa.

Empujarte por el acantilado fue algo compasivo por mi parte para darte la oportunidad de ir a buscarla; mi lado oscuro te hubiera arrancado la piel a tiras. Pero ahora que te veo hundirte, aunque en parte me siento mutilada, me gusta la sensación que dejan las ondas que formó tu cuerpo al caer.

El agua está más fría que tus manos, es cierto, pero estoy segura que de un momento a otro dejaré de sentir los dedos. Al corazón le llevará más tiempo congelarse.

34. Río (Alberto Jesús Vargas)

Los domingos le gustaba bajar paseando hasta aquel paraje y sentarse junto a la poza grande. Allí se descalzaba y recordaba con nostalgia aquellos tiempos en los que ella y los demás niños del pueblo venían a mojarse los pies en el río o incluso a nadar en él cuando apretaban los calores.  Aunque habían pasado los años, se resistía a renunciar a los gratos momentos de contacto con la naturaleza, por mucho que a veces el aire de poniente trajese ese olorcillo químico del humo de la fábrica. Gracias a que fue instalada allí, en el pueblo había trabajo y muchos jóvenes, como ella misma, no habían tenido que emigrar y podían seguir viniendo a reencontrarse con el río de su infancia, aunque ya en sus aguas envenenadas nadie pudiera bañarse.

33. DES…CO…RAZON…HADA (Belén Mateos)

La pulsera agonizaba en mi tobillo, lo mismo que esas últimas palabras en el resquicio de mis oídos. Quizá era momento de saltar, de dejarme llevar por la locura del instante.

Estaba cuerda, nunca loca, a pesar de sentir una presencia que me hablaba, a pesar de no escuchar lo que ese murmullo iba perfilando en mi memoria.

La ventana estaba abierta, mis brazos trepando por el derrame de su cortina, mis piernas encaramadas al vacío…

Un abrazo destinado a perderse me rescató de la caída, un mar de dudas se enredaban en la lógica de mi mente, un sabor desnudo pronunció mi nombre.

Su promesa fue el desencadenante de mi huida hacia las sábanas.

“Te espero al otro lado, cuando la razón sea tuya, cuando desees pronunciarte en el eco de tu vida”.

 

32. El corazón en los pies (Mar Horno)

A Eleanora se le cayó  el corazón a los pies. Se le descolgó del pecho y quedó varado entre el talón y los dedos del pie derecho. Hace un ruido de cascabel huero al andar. Se le ha instalado un vacío angustioso en el pecho y un inútil lleno en el plantar. El doctor le ha dicho que habrá sido por un trauma o un desamor y, entonces, ella recuerda dolorosamente que su amante la ha abandonado. Después del diagnóstico, le recomienda una vida tranquila y que no intente enamorarse por el momento. Así que ahora ella se pasa los días sola, podando la pena, observando el vuelo de las libélulas y metiendo los  pies en las aguas del lago para calmar las arritmias. El médico le ha dicho que tranquila, que no le quedarán secuelas. Si acaso, una leve cojera al amar.

31 ¿Mamá no viene?

Estira su cuerpo arriba, más, más, y da pequeños saltos. Sus dedos arañan el estante y por fin la alcanza. Su cara se estruja contra el cristal. Papá aparece por detrás. Le coge la última foto de mamá en la playa. Lástima que solo se le vean los pies.

30. Síndrome de abstinencia

Nadie estaba a salvo. Apareció anónima y sigilosamente como un virus inerme que, agazapado en las entrañas del organismo, espera el momento óptimo para desatar la infección. Y pronto desplegó toda su virulencia, comenzando la epidemia en las redes sociales de los adolescentes. Hubo quien la clasificó de moda pasajera y se despreocupó, creyendo que la edad y madurez vacunaban contra la inminente pandemia, pero la típica autofoto de los pies con un paraje idílico de fondo se introdujo en las vidas, reales o digitales, de más personas de las dispuestas a admitirlo. Pronto el virus mutó, demandando repercusión a cambio de unos instantes de alivio en el síndrome de abstinencia, cuyos síntomas incluían inseguridad, ansiedad y envidia. Los infectados hacían lo que fuera para conseguir unos pocos likes y así pasar el mono.

Nadie estaba a salvo. Nadie. Yo lo cogí hace tiempo. No me mires así, seguro que tú también. Tampoco llores, joder, no está tan alto. Y estáte quieta y sácate la puta foto ya o te rajo del todo. Verás qué alucine cuando la suba a Instagram.

29. Descontar

La vuelta a casa comienza reduciendo los cuerpos de dos a uno y la distancia en un paso. Acomodas los recuerdos aún con el pelo bañado en sal, dejas atrás la plataforma de madera que pretende alcanzar la línea del horizonte y el clic ya lejano de la cámara del móvil; ahí están, no hay duda, tus piernas suavizadas por el filtro dorado dentro de la galería de fotos. Después confundes tus pecas con las picaduras de óxido de la ducha junto a la frontera de asfalto del malecón, te secas con una toalla que conoce la geometría de las gotas, que es cómplice de la arena que resiste detrás de tus orejas, entre los dedos. El penúltimo grano se mezclará, tres días más tarde, con un chicle de clorofila mientras lees un libro en el sofá; el último se desprenderá de tu pubis al contacto de la yema de tu corazón. Con tu reloj de arena sin más esperanza que la espera del volteo de cada verano, deslizarás las imágenes en la pantalla hasta reconocer esa franja que comparte el azul de fondo. Hasta renovar en tu memoria la certeza de esos dos pies colgando, sólo dos.