Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Víctor Lax. 

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Ya tenemos en marcha nuestra octava propuesta del concurso de relatos en blanco y negro... en menos de 200 palabras...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
18 de Noviembre

Relatos

67. TONTUNAS (Toribios)

Mientras espolvorea de laca los peinados, Fanny deja que su espíritu se expanda como esas gotitas que juntas parecen una nube. Las nubes de verdad no son más que eso, gotitas en estado gaseoso, lo estudió en el colegio. Fanny piensa a veces en Venancio, un novio que tuvo muy cinéfilo. Eres como Carole Ledoux, le decía, y ella ponía cara de sorpresa. Hasta que una tarde la llevó a la filmoteca. El era mucho de pelo largo y pelis con letreros. Ella prefería las de Bruce Willis. Pero el amor es así. La peli empezaba con un plano detalle de un ojo y acababa igual. Fíjate en qué hermosa estructura circular, decía Venancio. Pero Fanny quedó harta de tener que leer en la pantalla. Luego tuvo otros novios, pero recuerda a veces la peli aquella de la loca; será porque trabajaba también en un centro de belleza, piensa Fanny. Debe ser eso. Le gusta a Fanny manejar la laca. Tápese la cara, por favor, y toma pssssssss. Sueña a veces con que va con unos espráis a modo de pistolas. Es un poco Carole, Fanny, aunque espera no acabar tan mal. Hemos terminado, tenga la bondad…

65. Quemadas

Un curioso cambio se está gestando en mamá desde hace unas semanas. El aburrimiento ha hecho que le crezcan telarañas en los párpados, y la tensión de su cuerpo reverbera en sus tacones, que dejan al andar pequeños agujeros en el suelo donde jugamos a las canicas. 

Todo hace sospechar que se ha vuelto alérgica a la atmósfera que se respira en casa. Primero fueron esos estornudos que escupían palabras a velocidad supersónica y se clavaban en las paredes; después llegaron sus extraños golpes de tos. A cada beso de papá, tose tres veces y, cuando parece estar a punto de ahogarse, expulsa por la boca una mariposa que escapa volando.

Esta mañana, mientras calentaba el café y el pan, observamos que era su cabeza la que empezaba a echar humo. Los pelos se le han puesto tan de punta, que ha tenido que salir corriendo para que la vecina le sujetara esas ideas que se le habían enredado en el cabello. Se ve que la laca no ha servido de mucho, porque de pronto mamá ha aparecido toda desmelenada, anunciando que se iba a tomar el aire. Algo huele a chamusquina en nuestro hogar. Y no son las tostadas. 

66. Cambio radical

Et voilà! ¡Lista!

La laca se evaporó, pero Sara mantenía las manos sobre sus ojos. Ya no había vuelta atrás. Había pasado decenas de veces por aquel callejón, pero jamás se había fijado en esa peluquería. En la cristalera colgaban varias fotos de chicas bellísimas, y un cartel que rezaba: “Todas se han peinado aquí”. Y ella se dejó llevar por el impulso. La peluquera le prometió resultados, y solo pidió que mantuviera los ojos cerrados hasta el final.

Apartó las manos. Estaba preciosa. El trabajo era perfecto, y se veía mucho más joven. Y, para mayor sorpresa, a la hora de pagar, la mujer le dijo que la primera vez nunca cobraba.

Se acercó a la puerta, y miró aquellas fotos. Ahora, era igual que ellas. Y solo entonces, al fijarse detalladamente, observó los ojos aterrorizados de las modelos. Sara sintió un deseo irrefrenable de huir de allí. Pero, horrorizada, notó cómo su cuerpo empequeñecía y perdía su volumen. Segundos después, cayó al suelo. Luego escuchó unos pasos, y vio, frente a ella, a la peluquera que, sonriendo, la cogió con una sola mano y la estampó contra el cristal, donde se quedaría, hermosa y aterrada, para siempre.

64. En ciudad ajena

“Cierra los ojos y déjame hacer”, dijo y yo me abandoné al olor a champú y a tinte. La mujer tiraba de mi pelo al tiempo que su cháchara incesante abotargaba mis sentidos y penetraba en mi cerebro de forma sibilina. Palabras que, intercaladas casi en un susurro, iban alimentando una tormenta que parecía adentrarse en lo más profundo de mis sentimientos: “no lo conoces bien”, “no es tu gente”, “estarás sola”, … Me tapé la cara de forma instintiva, más por ocultar las lágrimas que por la nube de laca que revoloteaba a mi alrededor. Cuando me miré al espejo, mi cabeza multicolor ahogó cualquier otra sensación y salí corriendo dejando atrás la risa histérica de la peluquera.

Ayudada por las camareras del hotel donde me alojaba, pude casarme aun siendo el hazmerreír discreto de tantos invitados desconocidos. Sin duda, dijeron, me había arriesgado mucho yendo a que me peinara la anterior novia de mi recién estrenado esposo. Y otra duda afloró entonces a mis pensamientos, ¿quién de mi nueva familia me la había recomendado?

63. La venganza

Aún no comprendo el porqué de aquella cena, después de un día tan agotador de trabajo. Explotación, aunque la empresa funciona bien. Una ducha rápida, un suave maquillaje. ¡Qué cara tengo de cansada! Me miro al espejo y no me veo, de que me vale llevar este vestido de trescientos euros, lo que me hace falta es ir a la peluquería.
-¿Cuándo? Si no he tenido en todo el día un momento libre y por si fuese poco, venga lloviznar. Mi pelo tan decaído. Tanto vestido ¿Para qué? Al final me lo recojo hacía un lado, está horrible, pero adelante.
Camino del restaurante, divisé aquella peluquería que estaba con la luz encendida –Quizás esté abierta- Llamé al timbre y me abrieron ¿Qué desea? Me podría peinar, es que voy a una cena. Está cerrada, pero te cojo. La peluquera era una chica joven que me lavó con dulzura.
-¿Quiere algo especial? No, lo dejo a tu gusto.
Me echarás bastante laca, hay tanta humedad. Toda la que usted quiera y entonces descolgó de la pared aquel extintor rociándome todo el pelo.
-¿No me recuerdas? Soy la novia de tu ex. Punto final.

62. HERMOSEAR

¿Para qué te acicalas tanto?, el sol no va salir por eso antes, o esconderse más tarde la luna. Tú no vas a cambiar por dentro, por fuera quizá y no sé si me va a gustar. No lo hagas por mí, te quiero y deseo tal y como eres, luego no digas que no soy el mismo de siempre.

61. LA CANTANTE CALVA

Estimada cliente:

Ante todo agradecerle la confianza que ha depositado en nuestro producto. Han sido años de investigación para ofrecerle la mejor laca posible. Por supuesto decirle que hemos estudiado con extrema atención su atenta carta que contestamos, sin más preámbulos, con la inapreciable ayuda de nuestros abogados.

En primer lugar decirle que admiramos muchísimo su trabajo. Comprendemos su necesidad de estar relajada antes de salir a escena.  Para ello la construcción de un ambiente adecuado es esencial y las velas ayudan muchísimo. Pero queremos señalar que en nuestra etiqueta queda muy claro que se trata de un producto inflamable y es muy peligroso acercarlo a una llama. El mensaje cumple con todos los requisitos gráficos, estéticos y éticos.

Por otro lado, tal como hemos señalado a la policía, no somos responsables de que las tijeras de la costurera terminasen enterradas en el pecho de Javier, su estilista, al que en tanta consideración tenemos. Sin duda fue un lamentable accidente.

Para finalizar, no entendemos el enfado (del que tampoco somos responsables) que le produce el éxito teatral de su queridísimo amigo Eugène simplemente porque el título de la obra se inspira en usted.

Sin otro particular, reciba nuestros mejores deseos.

60. La Petite Mort

Nunca quise ser peluquero.
Apago el motor del coche en el parking de la Residencia de Ancianos.
Pero mi padre se empeñó.
Hoy tengo 32 clientes. Casi todo el centro.
Lo mío era la química, maravillosa química con la que consigo efectos, digamos, que sorprendentes.
Atiendo a todos con amabilidad.
Me costó pero lo conseguí. El elixir perfecto. La combinación mágica.
Aplico el aerosol en su medida justa. A cada uno lo suyo, dependiendo del momento en el que le atiendo. De forma que les haga efecto al mismo tiempo.
La pócima del amor. En forma de aerosol. Quien lo recibe siente una irrefrenable necesidad de dar amor, de recibir amor, de amar y ser amado.
Termino de peinar a la última mujer.
Me despido cariñoso. Bajo al coche.
El aerosol, al unísono, hace su efecto.
Mientras abro la puerta del vehículo oigo el comienzo del inmenso jolgorio.
Mañana tengo otra Residencia que atender. Nunca repito.
En la que acabo de dejar atrás muchos mayores, en plena orgía, revivirán lo que los franceses llaman “la Petite Mort”.
Sonrío y conduzco.
En los alambiques espera mi próxima creación.

59. SOBREVIVIRÉ

Ya está. Un toque de laca… Perfecto. Adiós, hasta la semana que viene. En cuanto termine debo pasar por el súper. No queda café. ¿Se lo lavo? Claro que sí, mujer. ¿El agua está bien? ¿Fría? ¿Ahora? Estupendo. Mañana es la reunión en el colegio de Andrea. Yo no puedo pedir la tarde libre con el trabajo que hay. Tendrá que ir Ramón. ¿Se ha dormido? No se preocupe, es normal. El agua calentita, el masaje… ¿Le corto las puntas? Necesita sanearlas. Ya que voy al súper, debería comprar detergente. Queda muy poco. Aunque podría ir Ramón. Desde su despido no hace nada. Tiene un pelo precioso, de verdad. Ojalá lo tuviera yo tan fino. Que sí, se lo digo en serio. Andrea anda últimamente muy despistada. Me dan miedo sus amistades, sobre todo el macarra que viene a buscarla. Como le haga un bombo lo mato. Ahora un secado rápido y la peino enseguida. Mientras aprovecho para hacer una llamada a mi marido, ¿de acuerdo? Vaya, un mensaje de Ramón: me voy, necesito reflexionar sobre mi vida, ya te llamaré. ¡Será cabrón! Tendré que ir yo al súper. Y a la reunión del colegio. ¿Peinado clásico o algo moderno?

58. ¡VIVAN LOS NOVIOS! ¡VIVA!

La peluquera da los últimos retoques al maquillaje. Se aleja un poco: “Ya estás; ¡guapísima!”. Me miro insegura en el espejo. La verdad es que ha conseguido que tenga buen color y el rojo de los labios me favorece. “No se moverá, ¿verdad?”, le pregunto mirando la peluca, sin atreverme a tocarla. “No te preocupes; podrás bailar si quieres”, me dice mientras me abraza.

Al bajar del coche, el viento frío me da en la cara (y me entra miedo…¿aguantaré?).“!Pero qué guapa estás, mamá!”, me dice mi hijo mirándome con cariño (se me pasa el miedo). “Venga vamos”, le digo guiñándole un ojo, “no vaya a llegar la novia y nos pille aquí en la puerta”. Él me sonríe, me da un beso en la frente, y con mucha delicadeza empuja mi silla de ruedas por el pasillo de la iglesia. Coloca mi silla junto a la suya, frente al altar, y se queda de pie, esperando a su chica. “¡Guapa!”, me susurra mi marido mientras agarra fuerte mi mano. Sus ojos brillan; los míos también. Me siento guapa, sí, y muy feliz, y viva; sobre todo me siento viva.

57. Construcción de una novia

– Quieta.

Obedezco. La otra, la del espejo, también. Nuestro pelo no.

Unas manos expertas amarran con horquillas los mechones rebeldes, sometiéndolos y esculpiendo un peinado perfecto. Es lo apropiado… creo.

– Cierra los ojos.

Me someto. Coloco las manos sobre la cara. Oscuridad.

Oigo un tintineo metálico mientras agita el aerosol. El ligero clic al presionar el difusor detona una duda. La válvula cede y vomita su contenido.

Entreabro los dedos para ver el espejo. Ahí está, espiándome a hurtadillas mientras imita cada uno de mis gestos.

Sigue lloviendo laca, apagando los últimos focos de resistencia.

– Espera.

Ana se retira. Volverá con el vestido blanco perfecto, a juego con el peinado. El ramo está preparado. Será una bonita foto.

La otra sigue observándome. Tiene mis ojos, mi cara; pero no soy yo. Esa mirada melancólica, perdida en otro tiempo y lugar, no es mía. Ya no. Y sin embargo, sé dónde está, en qué piensa.

Extiendo la mano hacia el espejo. Ella hace lo mismo. En el instante en que las yemas de nuestros dedos se encuentran, me sorprende no sentir el frío del cristal. En su lugar, un calor carnal y palpitante, conocido y lejano. Ella sonríe. Yo ya no.

56. Aniversario

Un último toque de laca y estará lista para otro aniversario. Su belleza emerge como la luz de un faro entre la espesa niebla que necesariamente perfuma y fija los cabellos, para que se asemejen lo más posible al moño de las fotos. Lleva puesto su mejor vestido, aquel blanco de la primera cita con el que siempre la recuerda y no ha dejado de guardar nunca en el armario, junto con el anillo y otras joyas.

Un último toque de laca y estará lista. Pero le preocupa que el aerosol dañe sus frágiles ojos. Lo soluciona tapándoselos con las manos, con cuidado de que no se le suelte algún dedo, porque cada vez ve peor de cerca y ya casi no le queda pegamento.