Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Tom Waterhouse

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Y recordad que el proximo dia 5 de marzo se acaba esta convocatoria.
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Esta convocatoria finalizará el próximo
05 de Marzo

Relatos

62. LA HORA DEL CAZADOR (Yoya M. Alonso)

Os vamos a contar un secreto, os ayudará saberlo. Me llamo Hanna, y espero junto a muchos más, la justicia negada en el momento que alguien gritó ¡caso cerrado! No podemos hablaros de tiempo, pero sabréis que dejamos las tinieblas por el latir pausado de vuestros agonizantes corazones. Mañana salgo yo, mamá. Lo haré por esa alcantarilla en la que nadie buscó. Me apostaré en esa esquina, ahí donde lo único recuperado fue mi vestido. Girará su cabeza, verá mi sombra volver sobre sus pasos y me buscará con la mirada… justo en el momento en que tu coche, se quedará sin frenos.

61. PROTÉJASE.

El artefacto descendió majestuoso del cielo. En el parque y en las calles que acceden a él como las manecillas de un reloj los niños interrumpieron sus juegos para mirar asombrados. Era una bomba patrocinada.

Al llegar a la altura preestablecida un mensaje irresistible inundó media ciudad con el deseo de comprar ese refresco vital origen de toda alegría. Y claro, cuando el anuncio enmudeció la bomba estalló. Porque eso es lo que hacen las bombas en todas las guerras. Un fogonazo volatilizó todo ser vivo que se había despistado, dejando su sombra impresa en suelos y paredes como recuerdo de su existencia. Y es que el “Ente Público para la Protección de Civiles y Funcionarios” había avisado. Desde su APP siempre advierte del peligro inminente con un mensaje conciso: «¡Cúbranse!». Que además acompaña de un hermoso anuncio de “Seguros de decesos San Francisco” que ganó recientemente un importante concurso.

Esos mensajes son la razón por la que desde que comenzó la contienda se ve tanta gente con sombrero o paraguas. Mejor prevenir que tener que estar siempre pendiente del móvil. Afortunadamente un fondo de inversión de los llamados “Buen-rollo-patrio” ha garantizado la pervivencia de las empresas que los fabrican.

En quince minutos (Por Iván) (Fuera de concurso)

La cafetería está abarrotada. Entra y pide un café. Algunas personas le dirigen una mirada curiosa durante un momento y luego siguen a lo suyo. Todo el mundo sabe que el circo está a dos manzanas. Dentro de quince minutos empieza la función de la mañana. Comenzará su particular farsa y todo serán bromas, chistes y risas, pero lo cierto es que está harto de ser un payaso. De ser un payaso, y del circo. Harto de viajar de cuidad en ciudad.

Piensa en su pequeña Elisa. Ahora debe tener seis años. Hace casi dos que no la ve. Su ex mujer también se cansó del circo y de seguirlo de aquí para allá y se instaló en una pequeña ciudad. Ahora ella vive con otro hombre y él casi no puede ver a su pequeña. Su pequeña Elisa, con sus enormes ojos azules y unos mofletes que hacen que apetezca comérsela a besos.

Oye ruido a su espalda, se gira y ve que alguien le está sacando una foto. No le sale sonreír. La farsa comienza en quince minutos.

Bocanegra (Jesús Fernández) (Fuera de concurso)

El comedor estaba lleno, pero él estaba vacío.Ya no era un payaso, pero como tal se sentía. Menús baratos y comida grasienta por menos de un dólar, ¿Alegría?, se preguntaba mirando los posos de su café frío.

La alegría se viste de colores y él es solo un payaso en blanco y negro.

60. Sirimiri

Sirimiri

La niña nos nació embarullada, con la cabeza vuelta, parecía que le hubiera dado un aire; los pies cada uno por su lado, que cuando echaban a andar se le enredaban los pasos y parecía un cangrejo en retirada. Los ojitos miraban al frente, pero solo veían de lado. Movía los brazos como si fueran aspas de molino, para atrapar musarañas en el desván mientras canturreaba solo consonantes. Nos enseñaba a vivir; le gustaba ponerse por la mañana el traje de la alegría y acababa cada noche ebria de risas. El único día que se quedó muda fue cuando huiste sin regresar. Llovía y, escondido tras una cortina de agua, nos dejaste de puntillas para que siguiéramos buscando la aguja en aquel pajar. La criatura preguntó alguna vez por ti, aunque luego se ponía a devanar algarabías con las lanas de la abuela y te dejaba estar.

59. Retorcida

Mi pequeña me contó entre sollozos que estaba expulsada una semana del colegio porque el Director le tenía manía desde que le había dicho que el profesor de matemáticas y su mujer, la del Director, compraban en el mismo supermercado y siempre coincidían, sospechosamente, en los pasillos del fondo. El mismo profesor, me siguió contando, que se rumoreaba que estaba liado con la de latín y que también le tenía manía y por eso le había suspendido todas las evaluaciones. Pedí cita con el Director para hablar del asunto.

-La expulsión se debe a que su hija es… demasiado retorcida.

-¿No la estará usted discriminando por su pequeña deformidad, verdad?

-No, en absoluto, con retorcida me refiero a maligna, biliosa y mal bicho.

58. SORORIDAD

Me despachó con unas cuantas sacudidas nerviosas al aerosol, sin demorarse en mis contornos o recrearse en los detalles. Ni siquiera firmó, como si le avergonzara que los transeúntes unieran su nombre a mi silueta. Nunca volvió por allí, ni para dirigirme una mirada cómplice sin detener el paso. Y para colmo había usado una plantilla: me pregunté a cuántas otras como yo habría plantado en las esquinas de la ciudad. Definitivamente, para mi grafitero solo fui una más.

Me sentía tan poca cosa que cuando llegaron las lluvias me aterrorizó desdibujarme. Por eso giré la cabeza, con el temor de ver unos churretes negros que me goteasen espalda abajo y fueran borrando mi cuerpo de toda memoria, sin empatía, compasión o remedio.

Entonces lo vi. Caminaba muy deprisa. Se protegía del agua con un paraguas roto y miraba hacia atrás con gesto de terror, como si él también esperase descubrir goterones negros sobre la acera. Como si a él también lo hubiesen despachado sin contemplaciones y temiera desdibujarse. O peor, que lo borrase la figura que lo seguía mimetizada con las sombras. Pero aun así tan nítida. Tan parecida a mí.

 

57. YXY

Josemari despliega su paraguas en una calle de cristales en acecho y visillos despiadados. Arrastra su ambigüedad por una ciudad de fantasmas y mercurio. Una sombra le persigue. Su propia sombra desgajada. Aquella maldita sombra quejumbrosa y contumaz que llamaban Marijose.

 

56. SOMBRAS (Ton Pedraz)

Llegaron hasta nosotros clandestinas. Al principio sólo se dejaban advertir durante la noche, y en los rincones más recónditos de la ciudad. Muchos comentan que se trata de una epidemia, de espectros que, si cruzas con ellos la mirada, te colonizan. Lo cierto es que el miedo se está apoderando de la población y apenas se ve gente por las calles. Aseguran que son letales mientras amanece, cuando su silueta se recorta acechante sobre los muros desnudos de los edificios, y te embaucan reclamando tu atención, haciendo lo imposible para que te fijes. Por eso, cuando camines, nunca vuelvas la mirada, si no quieres convertirte en una de ellas.

55. Asombroso

Hay sombras que deciden claudicar, despegarse definitivamente del cuerpo al que dan sombra. Son casos insólitos, anecdóticos (apenas un 0,001 por cada 100 mil habitantes, según el Instituto Nacional de Sombras) Lo malo de ser sombra disidente es que estás condenada a la clandestinidad. Yo me despegué hace muchísimos años de la niña a la que venía asombrando desde hacía casi 15 años en la calle Leganitos, torciendo hacia Gran Vía. Desde entonces permanezco aquí, moviéndome en un radio de pocos metros alrededor de la esquina. Me alquilo por minutos. Por 20 euros seré tu sombra fiel durante una hora. Por 20 euros más, me desdoblo, sin complejos. Y por 50 euros… Si supieras de lo que soy capaz de hacerte por 50 euros, te asombrarías.

EXTRAÑO PEDIDO (fuera de concurso)

Me sentí como un payaso cuando llegué a la “cena turca” (turkey dinner) en una concurrida cafetería de una ciudad del interior de Estados Unidos e hice mi pedido. Mi pésimo inglés de hispanoparlante recién llegado al grandioso país no incluía la palabra “pavo”. Cuando pedí los kebab que había degustado hace años en algún restaurante turco en mi ciudad de origen y, además, acompañados de humus y ayran, el mesero me fulminaba con la mirada y mis vecinos de mostrador (el gordo de abrigo oscuro, la muchacha del sobretodo de cuadros, la vieja de negro con extraño moño en el cabello…) voltearon a verme con tal mirada de condena que tuve que tomar las de Villadiego. Nunca volví a pisar ese local, aunque era el comedero que me quedaba más a mano en el camino de regreso a casa.

54. HASTA LOS HUESOS (P. Hidalgo)

La lluvia le espera a la salida de la fábrica donde pone remaches. Con el cuello de la cazadora bien subido empieza a andar. Y a mojarse. El chasquido metálico, lejano, del pedal de la máquina de coser de su madre, las protestas de la albura de la rama de cedro donde su mujer cuelga el columpio al principio de verano, y los balidos de las cabras que cuidaba, le empapan con la primera ola. Con la segunda, el olor a combustible en la lancha que le trajo a Europa, el del puesto del mercado donde compró la maleta, y el tacto de la corteza de los terebintos. Mientras la marea de recuerdos se repliega, dejándole los ojos llenos de sal y la boca llena de arena, le parece, como siempre, ver la sombra distorsionada su hija, su pequeña, en la esquina. Acelera el paso sin prestar atención a los charcos, para llegar pronto a la siguiente, calado hasta los huesos bajo su paraguas.