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Víctor, una persona constante y muy meticulosa, trabajaba sin descanso dedicado a un arte heredado de su familia. Todo en su taller estaba ordenado: los escarpelos, las tijeras y demás utensilios necesarios. Los líquidos para limpiar y conservar las pieles de los animales, bien clasificados.
Decenas de cabezas colgaban de las paredes; le observaban con ojos de cristal: búhos, ciervos y tigres, sus piezas más perfectas.
Pero él no se conformaba con la perfección externa ya lograda, quería llegar más lejos, entrar en el alma del animal, devolverle la vida. Poder llegar a ello le provocaba una sensación inmensa de poder.
Después de muchos años de pruebas y fracasos, se decidió con la definitiva en el cuerpo del cocodrilo, su obra por excelencia. Y es que los ojos de aquel reptil no parecían estar fijos, ni daban sensación de frialdad. Reflejaban emociones.
Fue entonces cuando el cocodrilo parpadeó y, mientras se frotaba las manos de satisfacción, se le ocurrió la idea de regalárselo al impresentable de Fermín, su cuñado. Aunque antes tendría que afilarle bien los dientes.
Quito la llave del contacto y los cinco que formamos el equipo médico bajamos del vehículo. Gritamos palabras sin eco que desfallecen nada más pronunciarse. Pero volvemos a gritarlas: ¿Alguien puede oírnos?
Las cordilleras de escombros por las que trepamos no distinguen hospitales de escuelas, funerarias de guarderías. Si hubo parques o jardínes, avenidas o callejones, nunca lo sabremos. Me vuelvo a preguntar en qué clase de animales nos hemos convertido. Pero no, ellos no son capaces de esto. No se autodestruyen como nosotros.
Gritamos y volvemos a gritar: ¿Alguien vivo? Y, entonces, ocurre. Un instante. Un sonido. Nuestros corazones que se encojen. ¿Es posible que haya supervivientes en esta devastación? Y se hace real, despacio, ante nosotros y el silencio. Mantiene las distancias. Huesos y piel. Desconfía. Se aleja para volver a acercarse. Cómo confíar en la peor criatura a la que se puede enfrentar un ser vivo.
Ahora podemos verle. Ojos secos, hambrientos. Ojos vivos. Él, que en otro tiempo debió ser un perro, nos mira sin saber bien qué decir.
(Basado en el testimonio de Stephan Dujarric, Naciones Unidas, en Gaza: «Cuando finalmente se autorizó la misión ayer, no se encontró a nadie con vida”).
El anciano se queda algunas noches como un tonto mirando la luna. Apenas parpadea. Sus ojos surcados de cráteres viajan miles y miles de kilómetros. El molesto regolito, finísimo y gris, le sirve como excusa para frotarse los ojos y esconder, de paso, las lágrimas que se le escapan. Las huellas que una vez dejó allí desaparecieron hace tiempo. Pisadas que un día fueron un hito pero que hoy la mayoría minimiza, o ni siquiera cree. El viejo se retuerce de frustración y de rabia. Sus pupilas dilatadas se convierten en el espacio mismo, negro e insondable. Un aullido largo y sentido pone fin a sus ensoñaciones. Se adentra en el bosque. Su pelaje de plata desaparece en la espesura.
Esmoki ladraba con firmeza aunque sin la energía de antaño, esa jamás volvería. Su cabeza apuntaba con la seguridad de la experiencia hacia un hueco en los escombros. Su pelo, escaso y ajado, realizaba un esfuerzo por tensarse aparentando una emoción que había dejado de sentir.
Sus acompañantes miraron el agujero y desecharon la idea de mover los cascotes, si bien la última sacudida aconteció una semana atrás, todavía podía haber algún sobreviviente, también decenas de fallecidos, pero no les interesaban, serían tan solo competencia en busca de un alimento ya escaso y huidizo.
Esmoki insistía ladrando alrededor del socavón intentando con sus macilentas patas apartar tierra. Una mano emergió de la profundidad y el perro se lanzó a por ella. Sin ninguna resistencia se desprendió del brazo. Con su trofeo en la boca corrió a sentarse apenas unos metros más allá y, agotado por el esfuerzo, comenzó a dar gruesos lametones a su comida.
Sus acompañantes, al unísono, comenzaron a taponar la grieta con las pequeñas rocas que podían levantar, algunos ni siquiera fueron capaces de eso. No debían arriesgarse a que nada saliera de allí. Se volvieron y miraron a Esmoki, tal vez había dejado de serles útil.
Mamá pata tiene mala memoria. Ordena a sus patitos en fila. No quiere que se le despiste ninguno.
Mamá humana recoge a su hija y emprende el viaje a la hora prevista, siempre puntual.
Mamá pata sale de su charca, seguida de cerca por 6 pompones amarillos: 1, 2, 3, 4, 5 y 6. Están todos. Empieza la excursión.
Mamá humana se asegura de que esté todo correcto: cinturones, retrovisores. Se pone en marcha.
Mamá pata mira bien antes de salir de la zona de cañas.
Mamá humana no sobrepasa el límite de velocidad.
Mamá pata y sus seis algodoncitos se balancean sobre sus patas: uno, dos, uno dos.
Mamá humana no tiene tiempo de frenar. Tras ella circulan tres coches más.
Mamá pata mira hacia atrás sobresaltada. Algo no cuadra en su perfecta fila de patitos: 1, 2, 3, 4 y 5. Repasa. Parece que están todos.
Mamá pata y sus patitos continúan hacia el lago que hay al otro lado de la carretera. Uno, dos, uno dos.
Mamá humana se tapa la boca horrorizada.
A través del espejo retrovisor se asegura de que su hija, dormida en el asiento de atrás, no se haya enterado de nada.
El amor de mi vida sigues siendo tú.
Por lo que más quieras, no me arranques de ti.
De rodillas te ruego, no me dejes así.
Camilo sesto
Señalo con la pata un coche que apesta a hachís, se ponen tan contentos y me dan mi mordedor. ¡Me encanta cuando me traen a la aduana! ¡No se me escapa ni uno! A ver este… ¡PERO SI ERES TÚ! ¡Te reconocería entre millones! Un día nos bajamos del coche en una carretera y te olvidaste de mí y salí corriendo y no te alcancé y te busqué y te busqué y no te veía y me moría de pena hasta que me encontraron unos policías. ¡TÚ! ¡QUÉ ALEGRÍA! Me vuelvo loco, me acerco moviendo la cola, araño la puerta, te hacen salir y te recibo de pie para lamerte la cara, tan contento, pero tú ni me dices Rufo, Rufo, ni me acaricias ni nada, me apartas enfadado como si no me conocieras y te llevan lejos de mi vista. Mordisqueo el mordedor sin ganas, que lo sepas, te llevo siempre en mi olfato y no dejaré de buscarte allá donde estés.
Los simios heredaron el planeta tras la caída del Homo Sapiens. Se juraron no repetir los errores humanos.
Y lo lograron durante casi tres semanas.
Luego, empezaron las guerras; las redes sociales; el culto al mono musculado; el “Negacionismo Darwinista”.
–¡Descendemos de humanos! —defendían unos.
–¡Falso! ¡Somos divina creación de César Primus! —gritaban otros con casquetes de coco en el cogote.
Luego vinieron los debates televisados entre gorilas populistas y chimpancés influencers. Se privatizaron selvas y mares. Al orangután medio ya no le interesaba trepar árboles, sino comprar propiedades en Marte –como los famosos─ y procurarse una buena jubilación en tan exótico planeta.
Surgieron dos predominantes doctrinas. Lo que en principio intentaba unir a todos los simios, acabó pronto en desavenencias, guerras y luchas intestinas. Unos seguían las enseñanzas de “Cesar Primus El Iluminado” y otros, más moderados, estudiaban las ideas y creencias de “Cornelius El Precursor”.
Finalmente, tras siglos de avances tecnológicos e involuciones mentales, un botón rojo fue presionado, ¿por error?, durante un TikTok.
Y fin.
Solo las ratas bailaron, ¡otra vez sin depredadores! Serían las siguientes dueñas de La Tierra.
Una cucaracha guiña el ojo. Sabe, por experiencia genética, que ellas sobrevivirán. Y se acerca su turno.
Cuando lo trajo a casa, era un pomponcito oscuro en brazos de mi hija. Ella enfermó y él se quedó en su cama, echado cerca, como queriendo curarla, ronroneando sobre su cabeza…
Haiku hace honor a su nombre: metáfora del silencio, sabe ser buena compañía mientras ella escribe, mientras yo tejo, y cuando no se lo ve, es porque se camufla, y más que bien, en alguna sombra…
Gatos negros… En la Edad Media los cazaron hasta casi exterminarlos, y gracias a eso se esparció, rápidamente, la Peste Bubónica… y por lo visto, aún hoy, la superstición persiste, porque junto con los perros negros, son los últimos animales en ser adoptados…
– ¿Y no le da miedo tener un gato negro? – me pregunta la empleada doméstica.
– ¡Nelly! – exclamo – ¡No me diga que usted cree en esas estupideces…!
– ¡Ay, no, señora! – me contesta, pero igual lo mira con recelo…
El hombre lobo de acento gallego, harto de pasear su tristeza por bosques de abedules, imploraba una oportunidad ante la indiferencia del resto de huéspedes. Tan solo la mujer pantera, toda elegancia y discreción, asentía con disimulo desde una butaca forrada de piel de vaca auténtica. Spiderman, enredado en producciones de Hollywood, aún soñaba, mientras saltaba de lámpara en lámpara, con una llamada de Almodóvar para su siguiente proyecto. Lady Halcón, por su parte, estaba fuera de sí tras ser rechazada a última hora, por ajustes presupuestarios, como coprotagonista en una comedia de enredo.
El anfitrión calibró la personalidad de sus invitados. Quizá no dieran el perfil, pero el conde no se arredró. Desplegaría las alas de su afilado arte de seducción para incorporarlos al reparto de la nueva versión de El baile de los vampiros.
Desde que vio aquella película de Hitchcock en un cine de verano, Leonardo no volvió a ser el mismo. Aficionado como era a la canaricultura, liberó a todas sus criaturas nada más llegar a casa, no fuera a ser que sirvieran de reclamo. A la mañana siguiente, volvió del paseo horrorizado en cuanto vio varios gorriones conjurándose contra él mientras simulaban inocencia, formando fila en un cable de la luz. Paloma, su mujer, le animó a pasar unos días en la playa. Craso error, no era consciente del aspecto amenazador de las gaviotas, que le sumió en un estado de agitación superlativo. Volvió y se refugió en un cuarto sin ventanas. Allí sigue, con las paredes acolchadas, pues se da contra ellas, preso del pánico, cuando en sueños un guacamayo le amenaza con azuzar contra él a los miles de pájaros que revolotean dentro de su cabeza.
Mi hija nos ha dejado a todos sin palabras cuando toda la familia íbamos a comenzar a disfrutar de la comida. Hoy tocaba de nuevo rejuntada con todos los tíos y tías aportando cada uno un plato para compartir. El tito Andrés una deliciosa liebre, que había cazado con sus amigos, cocinada al horno con patatas. Tita Lourdes un enorme pato de su granja a la naranja. El solterón del tío Antonio un rabo de toro comprado en el mejor restaurante de la ciudad. La abuela Pepa no faltaba con su plato preferido cocinado con esmero: bacalao en salsa de guisantes. Finalmente, mi esposo se esmeraba como siempre en el jardín con la parrilla asando las salchichas de cerdo de su carnicería de toda la vida.
Yo no me había dado cuenta del significado y alcance de sus palabras, que con sus seis añitos nos decía con lágrimas en los ojos:
– ¿No vais a cocinar a Pelu? ¿Verdad?
La perrita no paraba de ladrar.
Leo se pasaba horas en la cuneta cronometrando lo que tardaba cada ser en atravesar la carretera que dividía el pueblo. A distancia, si alguno no conseguía cruzar, debía percibir su olor o su alma abandonando el mundo, porque abría los ollares y me susurraba que habían atropellado a un erizo, a una culebra o a un escarabajo pelotero. Sospecho que disfrutaba, incluso lo propiciaba: cuando despanzurraron al perro que me había mordido, me lo contó orgulloso. Era su única amiga, a su modo, me quería.
La tarde que, tras abandonar arrebolados y felices el granero, Santi me despidió con un beso apasionado, un camión salido de la nada le arrolló. Mis gritos de horror se congelaron cuando vi a Leo en el arcén, pálido, silencioso, ignorando el cuerpo desmadejado, absorto en los restos espachurrados de una bonita lagartija verde. Me miró con repugnancia y no volvió a hablarme.
Desde entonces, tuve que aprender a volar como los pájaros sobre la despiadada trampa de asfalto viscoso para protegerte, conteniendo apenas las náuseas, sintiendo tu latido dentro, imaginándole olisquear satisfecho nuestros cadáveres aplastados entre las ruedas de una furgoneta y escrutar mis vísceras, obsesionado por aniquilar cualquier rastro de ADN rival.
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